Eduardo Adsuara Goenaga (6º EP F)

 

HISTORIA DE MONTRALEJO

Soy Ricardo y tengo 12 años. Vivo cerca de Castilla, al sur, y las condiciones en el campo son buenas. Trabajo como campesino con mi padre, sereno, que me enseña a cultivar las tierras. A veces, en mis ratos libres, juego con Miguel. Él es mi mejor amigo y mi padre piensa lo mismo del suyo.

Exactamente vivo en el pueblo llamado Montralejo, antiguamente nombrado Arahá-Saib. La conquista por parte de los Reyes Católicos avanza muy deprisa, lo que nos ha concedido estas tierras. “Este pueblo se puebla muy deprisa” dice mi padre a veces. Y tiene razón. Ahora somos mil quinientos.

Este pueblo tiene una cosa que otros pueblos no tienen. Montralejo no tiene puertas. No es porque no se hayan inventado o cosa por el estilo. Aquí nadie tiene un secreto. En el diccionario nuestro no encontrarás la palabra intimidad. Porque, en Montralejo, todos confían en todos. Aquellos que guardan un secreto lo guardan como en una caja fuerte. El banco no tiene puertas ya que no hay ladrones.

Una tarde lluviosa del 2 de agosto dábamos gracias a Dios porque en todo el mes no había llovido. Cuando terminó de diluviar me encargué de pedirle el pan a la señora Ana, la panadera. Es muy simpática y de pequeño me contaba historias. Tiene  una hija que se llama como ella (nosotros la llamamos Anita). El padre de Miguel, Joaquín, me saludó en su herrería y me regaló dos personitas de metal. Tan agradable es la vida que casi nada podía estropearlo. Casi nada.

Por desgracia, corrían rumores lejanos; los soldados de Al-Andalus planeaban atacar las fronteras de España. Se decía que el ejército arábigo era de un millón de soldados. La noticia llegó a oídos de los Reyes Católicos y se extendió por toda la comarca. Mensajeros, palomas, carteles… Todos los lugares de España comenzaron a reclutar soldados. Montralejo fue uno de ellos.

Todos los hombres del pueblo se fueron, a excepción de mi padre y el de miguel, el carnicero y el recaudador. De los mil quinientos que éramos, ahora sólo quedan doscientos (unas cien mujeres, cincuenta niños y cincuenta ancianos)

Diecisiete de agosto. Todos los hombres reclutados se asientan en campamentos. Nosotros, situados en la frontera, vimos el campamento de cerca. Se sabía que, dentro de poco, alguna casa se usaría como cuartel.

Por la noche vino un mensajero del rey pregonando que todo el pueblo debería tener puertas. Así pues, los soldados nos entregaron puertas. Grandes, estrechas, de metal, de madera… Montralejo no volvió a ser el mismo

_ Padre

_ ¿Qué ocurre Ricardo?

_ ¿Qué hacen estos hombres?

Mi padre se quedó callado. Nadie quiso ver como esos hombres colocaban puertas en todos los lados. Se fueron a dormir.

La mañana del 19 de agosto, la victoria es concedida a los españoles. Unas horas después los montralenses tiraban abajo todas las puertas. Montralejo volvía a ser el de antes.

Al día siguiente vino un niño moreno esquelético. El pobre había pasado varios días sin comer, era de procedencia árabe. Se llamaba Ahrib. Nosotros le acogimos y le dimos de comer. También el maestro Santiago le enseñaba castellano.

Pasados ya cuatro años Ahrib y yo, junto con Miguel, hemos pasado la mayoría de edad establecida. Los tres vamos por caminos distintos pero hemos jurado volver a vernos cada última semana de todos los meses.

Ahrib será maese, Miguel escultor y yo contador del Reino. Así pues, nos despedimos de nuestras residencias y nos vamos al mundo exterior, donde quién sabrá qué sucederá.

FIN