El Duende Verde Del Monte

          Cuando era pequeña y la primavera comenzaba a vestir los campos de colores, me gustaba salir a pasear con mi madre por sendas y caminos de tierra que siempre desembocaban en el monte de encinas milenarias, chaparros adolescentes, tomillos, jaras y demás hierbas aromáticas que añadían un encanto especial en el aire que respiraba mientras duraban aquellas entrañables caminatas.

Correteaba de acá para allá, delante y detrás de mi madre, gastando fuerzas en subirme a las piedras, saltar cunetas, cruzar por encima de un palo, lo que a mi se me antojaba un puente de proporciones gigantescas para salvar un pequeño regatillo.

Pero lo que más me emocionaba era ir descubriendo las flores de colores: las amapolas rojas, las margaritas blancas, los claveles silvestres azules, los zapatitos del niño Jesús morados.

Después de andar un buen trecho llegábamos al monte y allí, escondidas, al lado de los troncos secos de las encinas, entre las zarzas o entre las rocas graníticas descubría las peonías, esas plantas que salían solo para dar el fruto en modo de flor enorme (o a mi al menos me lo parecían al lado de las demás) que destacaban a lo lejos con el color púrpura rosáceo entre el ramillete de hojas verdes que formaba la planta. Ese espectáculo grandioso que acontecía cada primavera tomaba un carácter aún más maravilloso si cabe porque a mi se me antojaba que al lado de cada una de esas majestuosas flores había una casa donde vivían los duendes del monte.

Así que, cada vez que a lo lejos veía una de estas flores corría trepando por la ladera escarpada hasta llegar a ella. Me agachaba y movía con los dedos cuidadosamente las ramas en busca de un agujero que me indicase la entrada de la casa. A veces removía también la tierra con un dedo para ver si estuviese escondida, camuflada, dicha entrada. Moviendo y escarbando la tierra que rodeaba dichas plantas.

Mi trabajo era infructuoso, pero no por ello dejé de perder ni un ápice de ilusión en la búsqueda de algo que me indicase que allí estaba una de las casas de los duendes.

Un día por la noche, mientras dormía, oí un ruido al otro lado del cristal de la ventana, me levanté de la cama y pegué la nariz y las manos abiertas en el cristal para ver que producía dicho ruido...

No veía nada, pensé en salir al jardín, pero de repente los fantasmas de la noche me asaltaron. La oscuridad de la casa me aterraba e impedía que diese un paso sin mirar atrás por lo que me resultó imposible atravesar la habitación, abrir la puerta, recorrer la sala, abrir otra puerta, recorrer la sala, abrir otra puerta, cruzar en diagonal el portal y abrir la última puerta que me sacaría de la oscuridad de la casa para meterme en la oscuridad abierta de la noche. 

Esta era otra oscuridad que a mi no me daba miedo, En esta yo me sentía segura, integrada en la naturaleza, o en la noche, aquí nadie podía hacerme daño, pero en la oscuridad de la casa si. Era como si con las sombras acudiesen todos los fantasmas del mundo para perseguirme a MI, rodearme, acecharme, devorarme.... que se yo lo que podía pasar en esos momentos por mi mente.

Así que pudo más en mi el miedo que la curiosidad y volví corriendo a la cama en la que me encaramé de un salto y con toda la velocidad de la que fui capaz me metí debajo de las sábanas y la manta tapándome hasta la cabeza, rebujada como un ovillo de lana y sin moverme, intentando, eso si, agudizar el oído para ver si el ruido seguía ahí o no, lo que resultaba una labor infructuosa cada vez más y, en ese intento debí de caer dormida otra vez.

Las golondrinas que colgaban sus nidos sobre mi ventana en el alero del tejado, me despertaron a la mañana siguiente y lo primero que hice fue mirar a través de la ventana, intentando conectar con el suceso de la noche, sin saber a ciencia cierta si eso había sido un sueño o una realidad. Vi la silueta de mis dedos en los cristales y ahí volví a encajarlos cuidadosamente.

Miré intentando descubrir... no sabía qué, y cuando ya daba por terminado dicho sueño me fije que, al lado del guindo había una flor. Esta vez si, corrí, salí al jardín busqué el árbol de tronco grande y viejo donde las hormigas comenzaban a hacer sus interminables caminos llevando y trayendo cosas incansablemente. Al lado había una flor verde, de un verde casi transparente. ¡Que bonita!, pensé, y en el suelo había un agujerito cubierto con un cristal de colores.

La emoción llenaba a rebosar mis ojos, y casi no podía ver nada. Mis dedos flacos, pequeños y temblorosos quitaron el cristal como si estuvieran abriendo la puerta del palacio de los duendes, y dentro del pequeño agujero había una piedra, una piedra de color verde también... y nada más.... Cogí lo que a mi se me antojaba era un tesoro y corrí como loca por la casa gritando: ¡Mamá! ¡Mamá.....! Puse mi pequeño tesoro sobre la mesa y di mis particulares explicaciones de lo acontecido.

Mamá terminó corroborándome mi fantástica historia diciendo:

- Este es el regalo que los duendes han querido hacerte a ti, por creer en ellos. Tu no los ves, pero ellos están ahí. Te han regalado esta piedra verde. De ese mismo color serán tus ojos a partir de hoy y, como a los duendes, tu tampoco podrás verlos, solo los demás cuando te miren, los verán...

- También te han hecho este regalo para que no te olvides nunca de creer en lo que no ves con los ojos, pero si con el corazón.

Pilar Jiménez Pérez